El miedo no es una sensación extraña, todos lo hemos experimentado alguna vez, de maneras similares o bien distintas, por causas iguales o diferentes.
El miedo paraliza y te tensa los músculos. Una vez lo tienes metido en el cuerpo ya no es fácil deshacerte de él, está siempre ahí, vigilante a todo ruido, todo movimiento.
Los sentidos se agudizan y tu imaginación se pone manos a la obra, te imaginas situaciones horribles en las que te podrías encontrar, ya sean trozos de películas o invenciones tuyas, y el miedo ya incubado en tu interior crece y te ahoga. Sientes la terrible necesidad de que alguien te proteja y buscas ayuda como puedes, llamas a alguien, escuchas música…todos tenemos nuestros mecanismos para remitir ese miedo.
Otra cosa que no he mencionado, la oscuridad, no ayuda ¿verdad?, le da mil posibilidades a tu imaginación y te sientes indefensa, sola y perdida, a eso viene esa necesidad indispensable de encender todas las luces a tu alcance.
Cuando te invade el miedo no tienes elección, y he llegado a entender con el tiempo, que lo mejor no es dejarlo apartado en algún sitio dentro de ti sino combatirlo con tus mejores armas y hacerlo salir de ahí.