“El tren de las doce estaba
a punto de partir, o me apresuraba o no me quedaría otra alternativa mas que
esperar al próximo, que de seguro me haría esperar más de cuatro horas, y
además ya me habría perdido el viaje inaugural.
Estábamos en pleno
siglo XIX y vivir en un sitio como aquel tenia tales desventajas que al ser
abierta la única vía de escape por la cual podía dejar atrás todo aquello que
me impedía ser quién soy, no dudé en desafiar al destino que me había atado a
ese sitio poco más de veinte años. En el preciso momento en que esos
pensamientos cruzaban mi mente recogí mis faldas y aceleré mi paso, no podía
perder ese tren.
Al llegar a la
estación miré a mí alrededor buscando señales de no haber llegado a tiempo, no
las vi, pero tampoco nada me aseguraba lo contrario. Me giré en dirección al
bajito y afable jefe de estación y lo saludé con la mejor sonrisa que pude,
todavía jadeando por la carrera. Él también sonrió, se excusó con la persona
que estaba hablando antes de mi interrupción y se acercó, ajustándose el traje
azul marino que le ceñía todo el cuerpo. Al ver mi cansancio y mi jadeo, lo
comprendió sin necesidad de palabras.
-
No se preocupe señorita, el tren no ha partido aún…
-
¡Gracias a Dios! – dije con verdadero alivio.
-
Pero tampoco tardará en hacerlo - acabó con una media
sonrisa.
Al escuchar eso último
volví a ponerme en marcha, no volvería a tentar la suerte, esta vez me había
sonreído pero nunca se sabe si lo hará la próxima vez.
Con un último adiós me
despedí de Carlos, el jefe de estación, y me embarqué por fin en el tren.
Busqué el asiento más apartado y me acomodé para el viaje, desde dónde eché un
último vistazo a lo único que podía ver ya de mi pueblo natal, un retazo de
bosque de Collserola.
No me dí cuenta de que
me había dormido hasta que me desperté. No fue un despertar muy plácido
precisamente, ya que fue un gran estruendo el que se encargó de hacerme
reaccionar. Segundos después el tren empezó a tambalear-se, nunca había estado
en un tren pero todo y así supe que eso no era normal, los pasajeros empezaron
a mirarse sorprendidos y asustados. Yo no sabía como sentirme, estaba inmersa
en un mar de confusión cuando el tren volcó.
Todo se llenó de
gritos y horror y yo solo pude intentar no moverme demasiado, el golpe me había
dado fuerte entre las costillas y el aire se había escapado de mis pulmones,
haciéndome toser y ocasionándome todavía más dolor. En el aire se podía oler el
rastro de óxido y madera quemada….”
Arrugué también ese ensayo y me dispuse a hacer con él lo
mismo que con los muchos otros que le precedieron, agregándolo a una montaña de
bolas de papel que debía pasar ya del centenar. Desde luego yo sí que sabia
ahorrar, imprimiendo y arrugando, como si me sobrara el dinero para permitirme
malgastarlo.
¿Un tren que se tambaleaba y luego volcaba? ¿Pero que
estaba pensando? Desde luego era demasiado irreal.
Hacía ya una semana que el jefe me había encargado esa narración y todavía no tenia ni el principio, solo tenía un dormitorio que ya no lo parecía por estar inundado de papel. Tampoco me sorprende, ¿desde cuando se escriben tragedias en medio de un parque natural? Realmente a veces al jefe se le va pinza. Con un largo suspiro decidí enfrentarme a él y decirle que en el bosque de Collserola, un trozo del cual formaba parte de mi pueblo, nunca habría sitio para una tragedia.
Hacía ya una semana que el jefe me había encargado esa narración y todavía no tenia ni el principio, solo tenía un dormitorio que ya no lo parecía por estar inundado de papel. Tampoco me sorprende, ¿desde cuando se escriben tragedias en medio de un parque natural? Realmente a veces al jefe se le va pinza. Con un largo suspiro decidí enfrentarme a él y decirle que en el bosque de Collserola, un trozo del cual formaba parte de mi pueblo, nunca habría sitio para una tragedia.